Que ya ha llegado la hora, y tengo que hacer maletas.
Cj, por llevarme la contraria, ha decidido facturar una maleta (la suya, la mía ni de coña) y yo tiemblo sólo de pensarlo. Así que voy a tener que hacer un hueco en la mía para meterle un par de mudas y poder sobrevivir cuando lleguemos allí y veamos que ¡oh, dioses! la maleta o no ha llegado o viene rota y tenemos que pasar por la eterna cola de reclamaciones.
Tenía pensado poner un vídeo, o bien rescatar el del año pasado cuando emigramos a Islandia, o bien hacerle un homenaje a Nino Bravo (del que me olvidé en las bandas sonoras, cosa que mi madre no deja de recordarme) y poner “al paaaartiiiiiiiiiir, un beso y una floooooooor”, pero no.
¿Por qué no? Porque Nino Bravo cantaba muy bien pero yo no dejo mi tierra por nadie. Es decir, voy porque me da la gana y si Cj no fuese, yo iría igual.
Y como me voy a California, pues creo que nada mejor que los “Beach Boys”, que tampoco aparecieron en la lista de mi vida y sí han estado muy presentes. Ni voy a ir a hacer surf, ni voy a ver chicas californianas (Cj, tú tampoco).
Pero pienso ir a la playa, bañarme en el Pacífico y no dar palo al agua mientras dure el congreso. ¡Tiembla, Pacific Grove, que llega Titajú!
Y si las playas de Monterrey tienen piedrecitas, volveré a hacer vuestros retratos para que disfrutéis conmigo, ¡si es que mi generosidad no tiene límites!
Sed buenos, muy buenos. Ojito con lo que decís de mi a mis espaldas (que me voy a enterar), y sabed que, si Dios quiere y de mi depende, VOLVERÉ.
Os quiero un montón (en serio, de verdad de la buena)
Ju.
Y… si la canción os suena y no sabéis de qué, ahí va la pista:
El año pasado, en Halloween, vinieron a mi casa un grupo de chicas disfrazadas haciendo truco o trato. Les dije trato, y las llené de caramelos.
Me dieron mil gracias porque fui LA UNICA que les abrió la puerta y no les soltó el rollo de que “esa fiesta no es de aquí”.
Nosotros la celebramos, porque celebramos todo lo celebrable en esta vida, y lo pasamos muy bien. Decoramos la casa, tenemos cena de chuches y vemos películas de miedo (relativamente hablando).
Pasarlo bien no es malo. Disfrazarse, dar sustos, tener una noche terrorífica no es malo. Lo digo porquehe leído por ahí que la Iglesia ha dicho que es una fiesta que aleja a los niños de la religión etc, que es satánica, etc… En mi casa, siendo yo pequeña, se contaban historias de aparecidos la noche de todos los santos (vale, mi abuela, porque mis padres son más bien tirando a sosos). Esto es Galicia, y vivimos bajo la sombra de la Santa Compaña, y si eso no son historias de aparecidos, que baje Dios y lo vea, y la iglesia sigue ahí.
Ahora es lo mismo que he hecho toda la vida, pero más consumista y más tecnológico. ¿Y qué? Si a mi me da la gana de comprar todo el stuff habido y por haber sobre decoración de Halloween, ¿a quién le importa? ¿Qué más dará? Porque también hago pavo el día de Acción de Gracias, y nadie dice nada. No son fiestas satánicas; es gente disfrazada haciendo el bobo para pasarlo bien.
Así que, si veis algún niño disfrazado haciendo el truco o trato, dadle chuches. Que sólo se es niño una vez, y en este país, de mayores, nos volvemos tan aburridos y absurdos que da asco.
Otra cosita. Este sábado, que es Halloween, me pilla en el avión, pero el primer fin de semana que me pille de vuelta, haremos la fiesta en casa.
Pues eso, si venís por los Rosales y os encontráis a destiempo una calabaza en la ventana y murciélagos en los cristales, seremos nosotros, que esta vida es muy corta y sólo se vive una vez.
Porque una lo vale, y lo luce, ¡qué caray! que llevo días redondos.
El viernes fui al dermatólogo a ver una analítica y averiguar la causa de la caída del pelo.
Pues no sabemos la causa, pero la analítica está de vicio, hasta el colesterol. Y me dijo el dermatólogo que vaya morro, que él tiene colesterol y le han prohibido mil historias, y que yo puedo comer de todo.
Y le contesto que claro, si como de todo mis caderas lo apreciarán eternamente ( y ya lo hacen, ¡son más agradecidas!).
Pues me dice el tío encantador que estoy estupendamente, que mi caderas están muy bien.
Toma inyección de moral.
Y resulta que toda la peña que me recomendaba ir a los oulets californianos me vio el otro día con un vestido flojo monísimo de la muerte, y todas que qué vestido tan mono y… es de Alcampo.
Y me lo compró mi madre a ojímetro. Bueno, de hecho lo compró para ella pero se achicharra con él y decidió que Galicia es más fresca (será en verano, porque hoy estamos todos asfixiados).
No me negaréis que no es para comerse el mundo (y que vaya a parar a las caderas, si quiere).
Superwoman, con sus superpoderes, me ha traído a la memoria lo que es la banda sonora de la vida, de mi vida.
En mi casa se mezclaban varios sonidos, no en vano había dos tocadiscos y dos radiocassettes. Papá, en sus viajes, traía tecnología punta.
Mi padre es fanático, de siempre, de la ópera, la zarzuela y de la música clásica. A él le debo, pues, mi amor por María Callas y llorar con la sexta de Beethoven, que fue lo que nos despertó por la mañana, el día que murió “Lady”, aquel precioso collie que teníamos.
Por cierto, mi padre cantaba fatal, y la única canción que le oído cantar es esa de “caballito volador, vuela las Pampas ligero…” Sólo se la he oído a él.
Mi madre es más variada. Siempre cantaba (canta) a la hora de fregar, y se oyen cosas tan variadas como Jorge Sepúlveda, Carlos Gardel, Bing Crosby, Frank Sinatra, Nat King Cole, Harry Belafonte, Julio Iglesias, Serrat, Jorge Negrete, The Platers (ooooonlyyyyyy yúúúúúúú) West Side Story (en su magnífico inglés), Siete Novias para Siete Hermanos y sobre todo y ante todo, “La casita en Canadá”… Nosotras hacíamos los coros, y mi padre huía despavorido (“pero, ¿vosotras os oís?”).
Mi tía abuela cantaba una canción que me encantaba: “soy el limpiabotas, traigo crema blanca…”, ni sé de quién era, ni quien la cantaba, pero me gustaba mucho: “Para limpiar el calzado, hay que nacer en Cubita, porque este movimiento se aprende de la rumbita. Hay quien dice que este oficio, no requiere condición, pero yo les aseguro que nací con vocación. Andale muchacho, dale al cepillo, vuelve a frotar, para que salga brillo…” Letra profunda, como veis.
Mi abuela bis, Sara, cantaba una canción de cuna que ahora cantan las “Cheetah Girls”: ” a la nanita nana, nanita ea…”
Mi hermano, sólo Dios sabe la razón, es adicto a las mejicanadas: “de piedra ha de ser la cama…” y Mocedades, Edith Piaf, Peter, Paul and Mary, John Denver, Barbra Streisand…
Mi hermana mayor es más roquera. A ella le debo a Adam and the Antz, Elvis,Rolling Stones, Beatles, Pink Floid, Víctor Jara, Javier Krahe, Simon and Garfunkel, “JC Superstar”, Queen, aunque en su primera época y por Dios que no se entere de que os lo he dicho, le encantaba Camilo Sexto. Por esa época, su amiga Mari Carmen cantaba “Anduriña donde estás” que es una canción preciosa.
Mi otra hermana era de Mike Oldfield, Abba, Bruce Springsteen (acabé odiando a “Moonlight Shadow” el día que se dedicaron las dos a aprenderse la letra)… Y algo que me dejo.
La hija de unos amigos era adicta a los “Pifutos”, como decía ella, y nos tragamos el cassette en un viaje a Portugal. Desde entonces, me he pasado al bando de Gargamel. Yo también odio a los Pifutos (es que los Pitufos ya suena fatal).
Y yo soy de la movida madrileña, habiendo nacido en Pontevedra. Confieso que me gustaba (a los trece) Leif Garret (memorized your number… nanananannaáááá), Pedro Marín, pero eso se soluciona creciendo. Llegaron después Duncan Dhu, Alaska, Toreros Muertos, Hombres G (Dios, la de noches en blanco que pasé soñando con David Summers), Katrina and the Waves (aim wooooooking on sunsain uooooo!!!!), Cadillac, Seguridad Social, Danza Invisible, El Dúo Dinámico (qué pasa, en la variación está el gusto), Mecano, Dire Straits (twisting by the pool), U2 (a ver, ¿quién no tenía el disco de “the Josua Tree”? el Último de la Fila, Ella Fiztgerald, Robert Palmer, Leonard Cohen, Nacha Pop, Gabinete Caligari, Celtas Cortos, Stukas, Spandau Ballet (¿Se escribía así), Michael Jackson, Glutamato Yeyé, Rebeldes, Richie Valens, Tequila, Loquillo, Golpes Bajos, Radio Futura, Madonna, Michael Jackson, algo de Rosendo (yo también estaba loca por incordiar), Cindy Lauper, Laura Pausini, Olé Olé (no controles…) ¡Buf! La lista es inmensa. Del mix familiar estoy segura que hicieron “Sleepless in Seattle”. Nunca, jamás de los jamases, la banda sonora película me transportó al pasado con tantos flashbacks de mi propia vida.
Ahora sigo igual que antes, aunque he ido ampliando con los años. Sigo aborreciendo a Mike Oldfield, a los Rolling y al Springsteen, y me decanto muchas veces por la zarzuela y la ópera, cosa con quince no hacía ni bajo soborno.
De vez en cuando aún canto aquello de “Tinkie Winkie, Dipsey, Lallah, Pooh”, y “Booooob construye”, recordando a mis hijas cuando eran bebitas. Por cierto, a Claudia, de bebé, le chiflaba “la oreja de Bang gogh” y “Dover”. Ahora las dos son adictas a Michael Jackson, High School Musical Y Hannah Montana.
Afortunadamente, en la banda sonora de mi vida no existen los Jonas Brothers, así que, para agradecérselo al Todopoderoso, de vez en cuando entono “cerca de ti, Señor”, que por cierto, me encanta, y dicen por ahí que es lo que tocaban los músicos del “Titanic” mientras el barco se hundía. Quizás esa es la razón por la que, cada vez que la oigo, se me forma un nudo en la garganta.
Pero hay dos canciones que resumen muy bien mi niñez: “Venimos del pinar de merendar” y…
Venga, os toca a vosotros, que yo ya estoy “derrengá”. ¡Cachis! ¡Qué exprime mental acabo de hacer!
Una de las cosas más difíciles de explicar a un niño es noción del tiempo, y si lo pensamos bien, tienen razón.
¿No son los árabes los que dicen que el tiempo no tiene valor porque no se puede ver, o medir, o pesar, o algo así? (más bien será algo así, porque vaya explicación de pacotilla que he hecho).
La forma que tenemos en esta casa de medir el tiempo con las niñas (bueno, ahora sólo con Raquel, que Claudia ya controla) es de la forma : “Una hora es el tiempo que pasas en clase de inglés”, o “media hora es el tiempo que estás en el patio”, o “10 minutos es lo que tardas en merendar”… Creo que todos los padres hacemos unas mediciones más o menos iguales.
Y así, el viernes fui con Raquel al dermatólogo y, mientras estábamos en la sala de espera, empezó a preguntar que cuanto faltaba para Halloween (en esta casa se celebra, como toda fiesta que pillemos por ahí), que cuanto faltaba para que nos vayamos, y de repente, se puso toda contenta, y empezó a hablar se su mejor amiguita, que va todos los domingos a comer paella a casa de sus abuelos.
Y Raquel, dando saltos de alegría, me dijo:
-”Mami, me ha dicho C. que dentro de poco es Navidad, ¡sólo faltan ocho paellas!”
La cara de la gente que había en la sala de espera era para verla, porque la verdad, contar el tiempo en paellas no es muy ortodoxo, pero sí original.
Todos tenemos cerebro (anda que no soy yo nadie descubriendo cosas), lo que pasa es que normalmente se usa poco, y aquí hablo en primera persona.
Si hiciésemos más eso de “vale, razona”, mejor nos (me) iría.
Existen cerebros más rápidos, más lentos, más de letras o más de ciencias. El mío cumple los dos requisitos del medio, pero nada más.
Y aquí no hay sexos que valgan; quiero decir que se puede ser de letras y ser hombre, y ser de ciencias y ser mujer.
Pero el cerebro masculino es algo que nunca he entendido; y ahora, después de tantos años, he encontrado la explicación, y es algo tan sencillo, que “cae de cajón”.
Aquí está:
Feliz fin de semana y gracias, Chemita, por mandarme tema para un post.
Todos los días, desde que se corrió la voz por el cole de las niñas de que me voy a San Francisco, se me acerca alguien y me dice:
- “Hija, aprovecha, que me han dicho que la ropa de marca está tirada de precio en los outlets. Lleva la maleta vacía y vete de shopping”.
Pos mie usté, resulta que a esta pánfila la ropa de marca se la trae al fresco, y me niego a perder el tiempo haciendo shopping por los outlets esos. En el tiempo que vivimos en Ohio, sólo dos veces fuimos a comprar por comprar: Una a comprar ropa, y otra, el día después de Acción de Gracias (cuando las rebajas son impresionantes), porque además, invitaban a desayunar. Ese día compramos un trolley por diez dólares, y pantalones por dos.
Vamos a ver, claro que iré de compras, pero lo que voy a comprar son imanes para la nevera, una miniatura del tranvía para Claudia y un bolso para Raquel.
Posiblemente nos acerquemos a la sede de Apple en Silicon Valley (somos unos frikis) y pillemos alguna camiseta o gorra o algo similar para las niñas, pero shopping, lo que entendemos los españoles por shopping, como que no.
¿Tan rica está la gente, que se hace un puente aéreo entre USA y España para renovar vestuario? No lo entiendo. Pudiendo ver mundo, te metes en una tienda.
Pero yo no me hago los miles de kms de rigor para ir a centros comerciales. Que conste que me encanta ver tiendas y escaparates, pero es raro que entre en una de ellas. Vamos, que la ropa ni me va, ni me viene.
Y ya verás la cara de las compis, cuando vuelva y me preguntes, y les diga que me he comprado un delantal con la manzanita de Mac bordada en el pecho.
El otro día, como ya os dije, fui con mi family a buscar manzanas, piñas y castañas, y me traje un montón de estas últimas, que en esta casa somos fanáticos.
Y como aquí la presente, no sabe tener la bocaza cerrada, se me ocurrió comentar de pasada, delante de las niñas, lo buenísimo que está el puré de castañas con cerdo al horno.
¿Y qué pasó? que estuve tres días pelando congelando castañas, hirviendo castañas, raspando castañas (tres kgs pasados) y acordándome del día feliz que se me ocurrió ir a casa de mi hermana y mangar frutos varios por los alrededores.
Pelar castañas es una tarea ardua, que no es desear a nadie. Y además, nunca hay voluntarios.
El pavo de Fin de Año que hace mi madre lleva relleno de castañas, que siempre pelamos mi padre y yo. Aquí nadie se ofreció a echarme un cable.
Pero el sabor del puré de castañas lo compensa todo. Esa mezcla de anises de la cocción, el punto de sal, la leche y la castaña es algo increíble.
Y si lo tomamos con la carne al horno (costillar, que el lomo es muy seco), con vino blanco, cebolla, jamón serrano, ajito y sal, no hay quien lo iguale, cuando pasas la salsa y riegas la carne.
¿Y las manzanas asadas de acompañamiento? Esas que revientan y sueltan su jugo, que se mezcla con la carne y el puré…
Hoy la comida me ha dado un chollo de campeonato, pero estamos todos felices.
Ha sobrado un poco de todo, para volver a comer el viernes, y diremos adiós al puré de castañas hasta el año que viene.
Porque está muy rico, y mi paciencia tiene el límite de hacer uno al año.
Si es que una es de letras y así… claro, es imposible…
Este sábado fuimos a casa de my sister allá por donde vive ella, en el quinto pino torciendo a la derecha. Y como vive en el quinto pino, decidimos que lo mejor que podíamos hacer para pasar la tarde era ir a coger piñas.
Y a eso fuimos.
Armadas con armas de acarreamiento masivo (bolsas grandes) decidimos que, ya que estábamos, podíamos también coger castañas y manzanas.
Encontramos castañas (no os voy a contar quien se clavó un erizo un una mano cuando se agarró a una rama para subirse a un altiplano, porque ya sabéis quién es LA inteligente, ¿verdad?) y las cogimos, y encontramos manzanos que no sabemos si tenían dueño o no. Ahora quien tiene dueño son las manzanas.
Estaba el manzano en cuestión en un camino comunal, al lado de un arroyo y con el suelo sembrado de manzanas; ¿vosotros sabíais que a las vacas les gustan las manzanas? Yo no lo sabía. Pues les gustan, y mucho.
Y en esto, después de ver a las vacas comiendo manzanas (al otro lado del arroyo y tras una vaya electrificada), decidimos que el árbol tenía muchas manzanas y que ¡mira qué buena idea! si lo sacudimos un poco, las manzanas caerán.
Y cayeron. Algunas cayeron al arroyo; otras al otro lado de la valla electrificada; otras en el suelo y una, una gorda y amarilla, se estampó contra mi oreja izquierda y por poco me descalabra.
A ver, lo de la gravedad ya lo descubrió Newtonen su día, manzana incluida.
Lo que yo descubrí es una cantidad de constelaciones cuajadas de estrellitas de tamaños varios, que no sé si las habrá descubierto alguien, pero yo no las conocía.
Uno de las partes del tratamiento del asma de Claudia es un pinchacito mensual. Por lo tanto, es de entender que la niña le tenga horror a las agujas.
El otro día fuimos a hacer la revisión de los nueve años. Ella, como asmática que es, debe hacerse el chequeo anual y no bianual como los demás mortales menores y hete aquí que la pediatra, como una alergóloga cualquiera, aparece con una jeringuillita en la mano.
- “¿Me vas a pinchar?”- Pregunta la niña medio mosqueada, mirando para el artefacto con cara de pocos amigos.
- “Claro, Claudia, ya sabes que todos los años te vacuno”.
- “¿Y para qué es esa vacuna?”- vuelve a preguntar escondiendo los dos brazos en la espalda, por si las moscas.
- “Es para la gripe”- Responde la pediatra con una paciencia que ya la quisiera yo para mi. Si fuese yo la pediatra, ya estaría chillando con la niña para que me diese el brazo y se dejase de preguntitas.
- “¡Ahhhhh!”- Responde Claudia, enseñando el brazo izquierdo.
- “No, Claudia, no es para la gripe A, sino para la gripe normal y corriente”.
-”Ya lo sé”- Responde la niña. – “Por eso dije Ah”.
Hay que ver, hay que ver, lo difícil que es mantener una conversación coherente por tener una letra muda en nuestro diccionario.