Para una maniática compulsiva del orden como yo, el revisar armarios y poner cosas al día es algo fundamental, y hoy le tocó a la despensa.
¿Por qué? Por la sencilla razón que al fondo quedan las cosas con fecha de caducidad más próxima, y hay que pasar lo de atrás para delante y viceversa.
Y además, te llevas alegrías insospechadas.
Para empezar, apareció un bote de los genuinos y maravillosos mini pepinillos en vinagre, vicio entre los vicios, y que estaba convencida de que no quedaban.
Ya tengo aperitivo.
Y para seguir, apareció caído detrás, un envase de spaguettis italianos comprados en el “Corte Inglés”, en la última feria europea de la alimentación. Era un paquete de los más largos y extrafinos spaguettis que existen, y era tan grande el envase que lo puse de cualquier manera porque no cabía, resbaló y cayó al fondo.
Ya tengo comida.
Y eso que la pasta no es algo que me vuelva loca; debido quizás a los largos años de estudiante en Santiago.
Quien más quien menos, si ha estudiado fuera de casa, ha acabado empachado y asqueado de pasta con atún y tomate; es muy raro que en esta casa llegue a formar parte del menú diario.
Y es que las pocas veces que hago spaguettis, utilizo nata o algún picadillo de anchoas y aceitunas negras; cualquier cosa es mejor que el sabor a Estadística que me dejó el mejunjillo incomible.
Y me puse manos a la obra. Es domingo, el tiempo no es demasiado bueno y ayer tuve un día duro, tanto física como psicológicamente hablando, y los spaguettis gustan a la peña familiar y no dan demasiado curre.
Así pues, cocemos la pasta.
Cocer la pasta no tiene demasiada ciencia. Coges el ollón más grande que tengas, le pones sal, y a hervir. Mientras lo haces, puedes conectarte a internet y poner un post o entrar en blogs; es interesante, instructivo, y no hay nada en la vitro que se pueda quemar si te distraes.
Cuando hierve el agua (más o menos el tiempo de contestar siete u ocho correos, si tienen vídeo), añades la pasta poco a poco, empujándola y reblandeciéndola en el agua para que se doble y entre en la olla.
Que vuelva a hervir.
Aquí es mejor que apagues el ordenador o que te lo lleves a la cocina, porque la pasta larga y fina se cuence enseguida y aquí nos gusta tirando a “al dente”. Durilla, vamos.
Y empezamos con el acompañamiento. Troceas setas o champis. He optado por las setas porque los champis eran de lata y me apetecía algo fresco. Troceas jamón en taquitos.
Voy a hacer un inciso: Puedes coger lonchas de jamón serrano y cortarlas con las tijeras; puedes comprar taquitos hechos y abrir el envase, o puedes coger un buen trozo de jamón ibérico y trocearlo tú mismo. Aleja a los moscones porque al olor del jamón aparecen todos los miembros de la familia preguntando:
-”¿Cuándo comemos?”- Aunque acaben de desayunar.
En mi caso, como estamos a fin de mes y soy un ama de casa moderna y vaga, se abre el envase marca “Carrefour”, y se mezcla el jamón con las setas.
Una cosa. No es que no nos guste el jamón ibérico; en realidad nos encanta. Pero no voy a estropearlo mezclándolo con pasta y además, no suele durar tanto como para poder usarlo para cocinar.
La mezcla de jamón con setas se pone en una sartén con mantequilla derretida; pochas (¿se puede pochar en mantequilla?) o remueves un poco la mezcla y añades pimienta blanca recién molida, vino blanco y perejil.
Ahora reduce a fuego vivo.
Aprovecha, quita el ordenador del medio y pon la mesa, porque el vino se evapora enseguida y los spaguettis tienen que servirse muy calientes.
Cuando el vino se haya consumido, añade nata para cocinar, de esa que venden en tretrabrick. Si tienes un marido como el mío, sólo tienes que añadir la pasta, calentar todo junto y servir.
Si por el contrario, tu familia es decente, mezcla también un poco de queso Mascarpone.
Añade la pasta, y a comer.
El resultado es espectacular.
Y de primero, en plan vistoso, fácil y primaveral, endivias rellenas de salmón ahumado y anchoas.
Y es que en la despensa, una vez que rebuscas bien, encuentras de todo.
